"Y DE REPENTE, DOS PAISAJES" y "MAYUSTA EN MANO", por Valentín Martín

jueves, mayo 17, 2018


Y DE REPENTE, DOS PAISAJES.

Me había puesto el delantalito de dormir, ahora que amanece antes, para llevarle la contraria a los lagartos y tumbarme a ver qué pasa cuando pasa esta media luz sin filatelia, como pasó casi la vida entera sin dejar rastro. Había colgado ya los cachivaches de atisbarme y atisbar a los milanos que se creen gavilanes vietnamitas desde mi cueva del búho cornudo. Abrí un instante  la claraboya que mata a los vampiros con contrato temporal, y había dos libros que relinchaban.
Los leí con el hambre de los niños de posguerra, o las víctimas de los ayunos que manda la locura ignaciana de los ejercicios espirituales por cuenta propia, la tontería de quien se para a descansar de un vivir en mí que no cansa.
Allí estaba “Jardines excedidos”, una antología con el oxígeno de María Ángeles Pérez López, una poeta con la terrible fortaleza de los juncos y el frenesí de las pausas. O sea, la lluvia que no ves al principio, pero que engatusa y cuando quieres darte cuenta estás calado hasta los huesos.
Con la antología de María Ángeles Pérez Sánchez pasa como con los enamoramientos: empiezas con un ronroneo por curiosidad y cuando abres los ojos y te miras los alrededores ya no puedes salir de ese epicentro.
En el corazón del libro, o por allí más o menos, está la bomba: un himno a la mujer que ella ha escrito en varios poemas y a dos lenguas, porque el manjar sabes a qué sabe si se toma fracturado en dosis. Y ahí te nace una poligamia que ni sospechabas. No se puede renunciar a ninguna que se pinte los pies de verde y se suba a los zapatos, ni a la que espera la llegada de los ciervos o sueña un día de avellanas.
El libro da para tanto como la boda de la hija del cacique más rico del pueblo. Y sin embargo te quedas con hambre.
Y después de leerlo dos veces te pasa una cosa: que te das cuenta del regocijo de haber devorado con la quietud de la hierba en las tapias la obra poética que jamás perdió el pie en la urdimbre perfecta. Esta exactitud en la forma (ni una asonancia, ni una cojera métrica, ni un eclipse del ritmo),  nada de nada que diría el jovencísimo cadáver de mi querida Cecilia.
Te vuelves un perfecto cabrón y rebuscas algún sonambulismo, alguna zarza que desentone. Pero aquí no hay ningún modernismo inamovible de la belleza por la belleza, sino la insumisión de la savia que alimenta un combate, un libro de hoy que no extraña ni se doblega ante un mundo que recrea al ser humano con la cristalización de la estética desde el vivero vegetal.
Y acabas por rendirte al confirmar que la perfección de la arquitectura formal no es una excusa, sino la vestidura exigible a la hora de la lírica moderna o antigua.
Como las cosas así no suceden por casualidad, al final has aprendido que María Ángeles Pérez López ha llegado a tantos libros en Venezuela, Colombia, México, Ecuador, Estados Unidos, Italia, bien nutrida de Nicanor Parra, de Neruda, de César Vallejo, de Juan Gelman, de Wislawa Szimborska, de Blanca Varela, de Antonio Gamoneda, de Juan Carlos Mestre, por decir unos cuantos que ella misma confiesa. Y de otros muchos que no caben en una conferencia de escrutinios, aunque sea en la vecina y amada Ávila, orgullo y pasión.
María Ángeles Pérez López: qué suerte tienen sus alumnos de la Universidad de Salamanca. Y Salamanca misma.

MAYUSTA EN MAYO

Tiene la voz de Miguel Fleta, las ganas de un jeque, y el corazón en los amigos y los nietos. Coplero. Y poeta pitón que se estira más allá de los alejandrinos si quiere. Con motivos. O se despierta con la seductora propuesta de cortar el mes de los membrillos en la furia de un ritmo que te obliga a tocar físicamente aquel tiempo suyo que se parece tanto al tuyo.
Charo Fierro le ha puesto un tren para que vuelva a los lugares donde un día fue feliz o lo creyó. Y él, "Pasajero de Otoño", ha obedecido como los violonchelos de Paul y ha vuelto en un volver, no para quedarse, sino para entrar en las torres y los puentes que forman parte de sí mismo.
Mochilero también. Porque sabe que la posible felicidad reside en la libertad de viajar por su cuenta y volver - hacia adelante o hacia atrás- a adentrarse en todos los vacíos que fue dejando. Y volver a llenarnos, y volver a vivirlos.
En "Pasajero de Otoño" emerge de nuevo aquel Miguel Ángel Yusta, el que tiene buen saque, el de la voz loca de estíos y  ninguna canícula, el que te hace sentir y luego pensar.
Se hace largo el viaje, dice él. Y a la vez se responde que alguna vez alguien tendrá todo el tiempo del mundo. Y es que pocas veces un libro fue tan certero a la hora de las dudas, se lo digo ahora desde la radiación de los hermanos soles de la noche, porque yo también quise ser revólver y no pude.
Miguel Ángel Yusta ha escrito un libro tan rico que parece fácil.
Porque es una entrega de alta costura que le sienta bien a todos los que un día aprendimos a vivir con las cosas sencillas como mecer un niño, usar una llave para salir, arrepentirse de la prudencia por haber hecho una casa a la que siempre le falta una ventana o te queda muy grande  porque todos se van,  tener más amigos que parientes, y cosas así.
"Pasajero de Otoño" es un libro sin insomnios al que muchas vírgenes esperan para ver qué se siente en los crepúsculos si  tener que vender sus gotitas de abril. Quiero decir que tiene la sagacidad de abrirse y abrirte sin la necesidad de anestesias, porque a medida que vas leyendo te cubre la dulzura de los despertares y ninguna nostalgia. Caminas por los versos sin rubor como los hombres que hablan de construir un sabor para la boca de los niños.
Y es un libro donde la belleza estalla con la altura de un pozo, y la pujanza de una interrogación que colgaba chupamiel desde el tejado familiar. No hay dilemas para los fusiles, porque todo está en su sitio y en calma.
Por eso desde ahí va Miguel Ángel Yusta vestido de futuro.

Valentín Martín.

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"Y DE REPENTE, DOS PAISAJES" y "MAYUSTA EN MANO", por Valentín Martín

jueves, mayo 17, 2018


Y DE REPENTE, DOS PAISAJES.

Me había puesto el delantalito de dormir, ahora que amanece antes, para llevarle la contraria a los lagartos y tumbarme a ver qué pasa cuando pasa esta media luz sin filatelia, como pasó casi la vida entera sin dejar rastro. Había colgado ya los cachivaches de atisbarme y atisbar a los milanos que se creen gavilanes vietnamitas desde mi cueva del búho cornudo. Abrí un instante  la claraboya que mata a los vampiros con contrato temporal, y había dos libros que relinchaban.
Los leí con el hambre de los niños de posguerra, o las víctimas de los ayunos que manda la locura ignaciana de los ejercicios espirituales por cuenta propia, la tontería de quien se para a descansar de un vivir en mí que no cansa.
Allí estaba “Jardines excedidos”, una antología con el oxígeno de María Ángeles Pérez López, una poeta con la terrible fortaleza de los juncos y el frenesí de las pausas. O sea, la lluvia que no ves al principio, pero que engatusa y cuando quieres darte cuenta estás calado hasta los huesos.
Con la antología de María Ángeles Pérez Sánchez pasa como con los enamoramientos: empiezas con un ronroneo por curiosidad y cuando abres los ojos y te miras los alrededores ya no puedes salir de ese epicentro.
En el corazón del libro, o por allí más o menos, está la bomba: un himno a la mujer que ella ha escrito en varios poemas y a dos lenguas, porque el manjar sabes a qué sabe si se toma fracturado en dosis. Y ahí te nace una poligamia que ni sospechabas. No se puede renunciar a ninguna que se pinte los pies de verde y se suba a los zapatos, ni a la que espera la llegada de los ciervos o sueña un día de avellanas.
El libro da para tanto como la boda de la hija del cacique más rico del pueblo. Y sin embargo te quedas con hambre.
Y después de leerlo dos veces te pasa una cosa: que te das cuenta del regocijo de haber devorado con la quietud de la hierba en las tapias la obra poética que jamás perdió el pie en la urdimbre perfecta. Esta exactitud en la forma (ni una asonancia, ni una cojera métrica, ni un eclipse del ritmo),  nada de nada que diría el jovencísimo cadáver de mi querida Cecilia.
Te vuelves un perfecto cabrón y rebuscas algún sonambulismo, alguna zarza que desentone. Pero aquí no hay ningún modernismo inamovible de la belleza por la belleza, sino la insumisión de la savia que alimenta un combate, un libro de hoy que no extraña ni se doblega ante un mundo que recrea al ser humano con la cristalización de la estética desde el vivero vegetal.
Y acabas por rendirte al confirmar que la perfección de la arquitectura formal no es una excusa, sino la vestidura exigible a la hora de la lírica moderna o antigua.
Como las cosas así no suceden por casualidad, al final has aprendido que María Ángeles Pérez López ha llegado a tantos libros en Venezuela, Colombia, México, Ecuador, Estados Unidos, Italia, bien nutrida de Nicanor Parra, de Neruda, de César Vallejo, de Juan Gelman, de Wislawa Szimborska, de Blanca Varela, de Antonio Gamoneda, de Juan Carlos Mestre, por decir unos cuantos que ella misma confiesa. Y de otros muchos que no caben en una conferencia de escrutinios, aunque sea en la vecina y amada Ávila, orgullo y pasión.
María Ángeles Pérez López: qué suerte tienen sus alumnos de la Universidad de Salamanca. Y Salamanca misma.

MAYUSTA EN MAYO

Tiene la voz de Miguel Fleta, las ganas de un jeque, y el corazón en los amigos y los nietos. Coplero. Y poeta pitón que se estira más allá de los alejandrinos si quiere. Con motivos. O se despierta con la seductora propuesta de cortar el mes de los membrillos en la furia de un ritmo que te obliga a tocar físicamente aquel tiempo suyo que se parece tanto al tuyo.
Charo Fierro le ha puesto un tren para que vuelva a los lugares donde un día fue feliz o lo creyó. Y él, "Pasajero de Otoño", ha obedecido como los violonchelos de Paul y ha vuelto en un volver, no para quedarse, sino para entrar en las torres y los puentes que forman parte de sí mismo.
Mochilero también. Porque sabe que la posible felicidad reside en la libertad de viajar por su cuenta y volver - hacia adelante o hacia atrás- a adentrarse en todos los vacíos que fue dejando. Y volver a llenarnos, y volver a vivirlos.
En "Pasajero de Otoño" emerge de nuevo aquel Miguel Ángel Yusta, el que tiene buen saque, el de la voz loca de estíos y  ninguna canícula, el que te hace sentir y luego pensar.
Se hace largo el viaje, dice él. Y a la vez se responde que alguna vez alguien tendrá todo el tiempo del mundo. Y es que pocas veces un libro fue tan certero a la hora de las dudas, se lo digo ahora desde la radiación de los hermanos soles de la noche, porque yo también quise ser revólver y no pude.
Miguel Ángel Yusta ha escrito un libro tan rico que parece fácil.
Porque es una entrega de alta costura que le sienta bien a todos los que un día aprendimos a vivir con las cosas sencillas como mecer un niño, usar una llave para salir, arrepentirse de la prudencia por haber hecho una casa a la que siempre le falta una ventana o te queda muy grande  porque todos se van,  tener más amigos que parientes, y cosas así.
"Pasajero de Otoño" es un libro sin insomnios al que muchas vírgenes esperan para ver qué se siente en los crepúsculos si  tener que vender sus gotitas de abril. Quiero decir que tiene la sagacidad de abrirse y abrirte sin la necesidad de anestesias, porque a medida que vas leyendo te cubre la dulzura de los despertares y ninguna nostalgia. Caminas por los versos sin rubor como los hombres que hablan de construir un sabor para la boca de los niños.
Y es un libro donde la belleza estalla con la altura de un pozo, y la pujanza de una interrogación que colgaba chupamiel desde el tejado familiar. No hay dilemas para los fusiles, porque todo está en su sitio y en calma.
Por eso desde ahí va Miguel Ángel Yusta vestido de futuro.

Valentín Martín.

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