Apuntes sobre Púrpura de cristal de Ana Alvea, por Jürgen Washuskein

jueves, mayo 17, 2018



Los últimos versos del último libro que había escrito Ana Alvea, Hallarme yo en el mundo (2013), eran:

Puede que la oscura bestia nos desafíe/Y sepamos combatirla.
Qué pronto iba a comenzar el futuro a desafiarla, desde luego. Es un tópico, pero es difícil ser consciente de los pilares sobre los que se construye la felicidad, sobre su infraestructura, hasta que ceden. ¿Podíamos haber hecho algo para preverlo, para evitarlo? La respuesta, negativa, tiene primero un efecto consolador: nada tenemos que reprocharnos. Pero su efecto secundario es demoledor, porque significa que en cualquier momento, en este mismo instante, por ejemplo, podría estar larvándose algo contra nosotros. Ana utiliza para plasmar esa sensación de vulnerabilidad la imagen de un francotirador 

apretando el gatillo
con        len               ti              tud
ca    da     vez    más
(“El francotirador”, pág. 30)
 
Una plasmación que tiene mucho de audiovisual, de zoom y cámara lenta. Ana, que escribe en el siglo XXI, no presenta a la muerte con su guadaña, segando vidas eficazmente desde la superioridad que le da su caballo negro. Es, en cambio, en coherencia con la idea anterior, “como una terrorista/que planea su atentado” (“Los últimos días”, pág. 41), con “dedos de púas”. La desgracia es también un “avión bombardero” (“Atroz costumbre”) o “negros misiles” (“Negros misiles”). El lenguaje bélico es uno de los elementos más característicos del poemario, subrayado por la autora en la propia contraportada del libro (“Trincheras”); lo bélico que, sin embargo, interesa sólo en cuanto máximo generador del dolor, sin que quepa épica o victoria alguna.
“Negros misiles” es, claramente, uno de los poemas cardinales del libro. En él la autora invoca formas con la que expresar el máximo grado de dolor, pespunteadas por el uso del adjetivo “negro”. Aunque a veces logra efectos iguales o parecidos mediante el uso de la insinuación, como cuando dice, sencillamente:

cómo pudo ser aquello
mirar de frente la guillotina
(“Ahí va”, pág. 33)


Algo similar sucede con el poema “El trayecto”, en el que en la primera estrofa queda concentrada el impacto emocional:

Voy conduciendo por el mismo trayecto
que meses atrás
recorría con mi madre para el hospital.
(“El trayecto”, pág. 53).


También la mera alusión a la tarea de cerrar las cuentas bancarias, sinécdoque del papeleo en general, resulta ilustrativa de por sí. Ana deja también que sea el lector quien proyecte sus sentimientos en dos versos del poema “Vía crucis” (“la carencia de/la ausencia de”). Todo lo cual demuestra que para expresar el dolor, más eficaz que explicarlo, es topárselo con la autora en sus múltiples manifestaciones.
Si hubiera que definir con una sola palabra la actitud de Ana en esta parte del poemario en que relata el sufrimiento padecido por la enfermedad de su madre sería la de estoicismo. Incluso en el poema citado “Atroz costumbre” se aborda la entereza ante la desgracia no desde lo meritorio, sino enfrentándola con franqueza a la tentación a escapar, a huir, que debe ser superada. También participan de esta filosofía los poemas “Sin importancia” y “Tejados”, en los que se subraya que lo importante es sobrellevar la situación, aunque para ello sea necesario aferrarse a esperanzas ilusorias.  Tal vez el más elocuente sea “Lo más difícil”, en el que se admira la capacidad de su madre para luchar por la vida hasta el último instante, que será homenajeada como lección de vida en “Si alguna vez me vence el desaliento…”. Porque en el libro no se emplea ninguna de las formas con las que pretendemos consolarnos frente a la muerte. No se habla del merecido descanso, de la mejor vida que espera. Eso no quiere decir que no esté presente alguna imaginería religiosa (como en “Yo sólo sé en este vía crucis”) de la que es imposible desprenderse en la cultura cristiana en la que vivimos, y que, por qué no decirlo, tan vinculada está con el padecimiento.
“El altillo” es uno de los poemas más curiosos; una eficaz sucesión de imágenes inquietantes, ejercicio de feísmo que, en los tiempos de fotografías de felicidad exhibidas en Facebook, viene a recordar que hay otra faceta de la vida a la que no se puede dar la espalda. Ana lo dirá de nuevo en “Yo sólo sé en este vía crucis…”:

yo sólo sé de lo imposible
de los límites que nos amarran
sé también del fracaso
esta sangre en las rodillas
que los demás llaman
                                        realidad
(“Yo sólo sé en este vía crucis…”, pág. 39)

Y, casi a modo de conclusión, en el poema “Vivir”. La conciencia de nuestra levedad puede llegar a ser paralizante, por lo que un poco de la inconsciencia de “los jugadores de apuestas” es necesaria para seguir adelante (la que se evoca en cierta forma para superar el vértigo en el poema “Las preguntas”), sin que esto nos autorice a olvidar que

del dolor
no hay quien nos salve.
(“Vivir”, págs. 58-59).

La muerte de la madre es, desde luego, el tema principal del libro. Sin embargo, existen otros dos temas importantes. El primero es la familia, en cierta forma derivado de lo anterior: es lógico que en esas circunstancias se quiera redescubrir el papel de los allegados de la poeta. Así, en la primera sección del libro encontramos poemas dedicados a su hermano, a su padre y a su sobrino. También; por supuesto, hay lugar para reflexionar sobre el amor en pareja en el poema “El deseo”. En él, el hedonismo de la satisfacción inmediata queda reducido al papel de un “dios menor”; la satisfacción profunda sólo puede obtener su sentido, su carga emocional,

en el trajín de la convivencia:
hilera de piedras encendidas
que todos los días cruzamos.
(“El deseo”, pág. 19).

Idea en la que insiste poco después en “Obras son amores” con la mención al “amanecer protegido por los amantes”; poema que debe ser también interpretado, en su contexto, como un reconocimiento a la familia.
El segundo tema es la relación entre realidad y literatura. Seguramente no es casual que el primer verso del libro sea “Dejo los libros apilados en la mesa” (el primer poema termina, además, resaltando cómo la calidez de su hermano no puede ser igualada “por muchas palabras/que intentemos mirar”). Del mismo modo, en el ya mencionado poema “Obras son amores” se resalta el amor que se pone en las acciones como algo “que no encuentro en los libros”. En varios pasajes Ana Alvea vuelve su mirada a la literatura como algo que la aleja de lo real, que la confunde. Tal vez la expresión más lograda de esta sensación sea en el texto metapoético “La noche”; uno de los más sugestivos del libro. En él, la poeta se refiere a la escritura como algo que la sitúa:

cada vez más lejos ¿de mí?
                                  y de los otros
(“La noche”, pág. 10)

Y no sólo eso:

pero en verdad me arrastra
me sumerge cada vez más.
(“La noche”, pág. 10)

De nuevo, el hecho que enfrenta en la poeta realidad y literatura es la enfermedad de su madre. En un verso del poema “Ahí va” se dice:

su extenuado cuerpo mengua
cada vez más    la poesía francesa
abanica los sinsabores de un verano
(“Ahí va”, pág. 33)

Es clara la intencionalidad al yuxtaponer en un mismo verso la reflexión sobre la desazón real causada por ver el estado de su madre con la irrealidad del mundo literario. Ya en el Capítulo III, titulado “Después de ti”, la autora vuelve a insistir en esta idea de volver a descender sobre lo material desde las alturas de las ideas:

me urgía poner la mano en el fuego
para volver a sentir la vida
vivir en los campanarios y otros lugares silvestres
de literatura y ficción durante años
perdida en su convulso cielo de papel
que me guiaba o me confundía
(“Extraño meteoro”, pág. 55)

Sin embargo, la literatura va a salir siempre triunfante del envite. En el ya citado poema “La noche”, la escritura es capaz de hacer brotar pura la palabra poética y de “revolucionar el día”. Al contacto directo con el tema principal del libro, en el poema “Trincheras”, se concilian ambos mundos: la poesía ha de nacer en lo real, por más doloroso o antiestético que sea. Porque la literatura, aunque impotente para obrar directamente sobre los hechos, es, después del cariño de sus homenajeados seres queridos, el alivio alternativo que Ana Alvea obtiene durante este trance:

Entro en la vorágine de las letras
en esta selva que invade mi mente
como un ejército amigo
que viene a liberarme del dolor
y me distrae con sus historias

                                que son las del mundo
                                y las mías.
(“Tácticas de resistencia”, pág. 47).

 Se trata de un poema que rebosa humanidad. La literatura no es sólo letras: son palabras de otros hombres y mujeres, con los que uno puede identificarse y dialogar; que, más allá del tiempo y el espacio, pueden consolar realmente.
Todo esto no es obstáculo, para que, en el primer capítulo, “Púrpura” haya un acercamiento a la literatura puramente despreocupado en el poema “Obsequio” (pág. 14), en esta ocasión como contraposición al mundo laboral y en relación con otros textos dedicados a las vacaciones. Muy bello, por cierto, entre estos poemas, en los que el mar suele tener un papel protagonista, el poema “Púrpura”, en el que se plasma de forma delicada nuestra pequeñez frente al mar/eternidad:

se extiende púrpura un fondo marino
bajo la bahía de nuestra manos
(“Púrpura, pág. 20)

Como es habitual, en el plano formal Ana Alvea huye de metáforas oscuras o estructuras pretenciosas. El estilo se pliega mansamente a lo que se quiere transmitir, lo que queda ejemplificado en su uso del verso libre, en el que se pretende que sea el propio decurso de la expresión el que dé ritmo al poema. Esto le permite prescindir, como es tendencia actualmente, de comas y signos de puntuación, en beneficio de otros recursos (como el espaciado), aprovechando ambigüedades (ya hemos hablado de los versos truncados “la carencia de/la ausencia de”), dando un mayor efecto a las enumeraciones (como en “Hidrosfera” o el in crescendo del poema “Tejados”) y reforzando los contrastes (como en la pausa de los versos ya citados en que conviven la enfermedad y la literatura francesa).
Así pues, el libro demuestra el saber hacer de Ana Alvea para convertir en materia poética su experiencia personal; para espigar los elementos más valiosos desde el punto de vista estrictamente lírico y darles forma. Con la autenticidad, como siempre, por bandera; pues en el poemario, a pesar de tratar un tema tan sensible, los elementos no se seleccionan presurosamente por su resonancia para elevarlos a un dramatismo huero y predefinido. Por el contrario, Ana analiza la película de lo sucedido al trasluz de su propia reflexión, de una búsqueda de respuestas abierta y personal; aunque sea llamada a declarar hasta la misma literatura. El resultado es que el poemario es claramente diferente a Hallarme yo en el mundo, de la misma forma que la propia autora ya no es la misma que era antes de los sucesos que poetiza en Púrpura de cristal.

Jürgen Washuskein


ANA ISABEL  ALVEA SÁNCHEZ.- Licenciada en Derecho y en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universidad de Granada (2008). Diplomada en Estudios Avanzados (DEA),  Postgrado en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la misma universidad (2011) con el trabajo de investigación: “El texto poético. Concepto, caracteres y métodos de análisis”. Profesora de talleres de poesía y Directora del Club de lectura de poesía de la Casa del Libro en Sevilla. Publicaciones de poesía: “Hallarme yo en el mundo”,  por Ediciones en Huida, 2013. Antóloga, junto a Jorge Díaz Martínez, de La vida por delante. Antología de jóvenes poetas andaluces, en 2012. En 2010 publicó su poemario Interiores,  Ediciones en Huida. Premiada en concurso Myrtos Poesía, fue seleccionada para la antología “Arde en tus mano”. Aparece en diversas antologías y revistas digitales. En 2017 se ha publicado su último poemario, “Púrpura de cristal”.

1 comentaris:

Ana Isabel Alvea Sánchez dijo...

Me alegra encontrar mi último poemario "Púrpura de cristal" entre vosotros, muchas gracias por a cogerlo. Un abrazo

Apuntes sobre Púrpura de cristal de Ana Alvea, por Jürgen Washuskein

jueves, mayo 17, 2018



Los últimos versos del último libro que había escrito Ana Alvea, Hallarme yo en el mundo (2013), eran:

Puede que la oscura bestia nos desafíe/Y sepamos combatirla.
Qué pronto iba a comenzar el futuro a desafiarla, desde luego. Es un tópico, pero es difícil ser consciente de los pilares sobre los que se construye la felicidad, sobre su infraestructura, hasta que ceden. ¿Podíamos haber hecho algo para preverlo, para evitarlo? La respuesta, negativa, tiene primero un efecto consolador: nada tenemos que reprocharnos. Pero su efecto secundario es demoledor, porque significa que en cualquier momento, en este mismo instante, por ejemplo, podría estar larvándose algo contra nosotros. Ana utiliza para plasmar esa sensación de vulnerabilidad la imagen de un francotirador 

apretando el gatillo
con        len               ti              tud
ca    da     vez    más
(“El francotirador”, pág. 30)
 
Una plasmación que tiene mucho de audiovisual, de zoom y cámara lenta. Ana, que escribe en el siglo XXI, no presenta a la muerte con su guadaña, segando vidas eficazmente desde la superioridad que le da su caballo negro. Es, en cambio, en coherencia con la idea anterior, “como una terrorista/que planea su atentado” (“Los últimos días”, pág. 41), con “dedos de púas”. La desgracia es también un “avión bombardero” (“Atroz costumbre”) o “negros misiles” (“Negros misiles”). El lenguaje bélico es uno de los elementos más característicos del poemario, subrayado por la autora en la propia contraportada del libro (“Trincheras”); lo bélico que, sin embargo, interesa sólo en cuanto máximo generador del dolor, sin que quepa épica o victoria alguna.
“Negros misiles” es, claramente, uno de los poemas cardinales del libro. En él la autora invoca formas con la que expresar el máximo grado de dolor, pespunteadas por el uso del adjetivo “negro”. Aunque a veces logra efectos iguales o parecidos mediante el uso de la insinuación, como cuando dice, sencillamente:

cómo pudo ser aquello
mirar de frente la guillotina
(“Ahí va”, pág. 33)


Algo similar sucede con el poema “El trayecto”, en el que en la primera estrofa queda concentrada el impacto emocional:

Voy conduciendo por el mismo trayecto
que meses atrás
recorría con mi madre para el hospital.
(“El trayecto”, pág. 53).


También la mera alusión a la tarea de cerrar las cuentas bancarias, sinécdoque del papeleo en general, resulta ilustrativa de por sí. Ana deja también que sea el lector quien proyecte sus sentimientos en dos versos del poema “Vía crucis” (“la carencia de/la ausencia de”). Todo lo cual demuestra que para expresar el dolor, más eficaz que explicarlo, es topárselo con la autora en sus múltiples manifestaciones.
Si hubiera que definir con una sola palabra la actitud de Ana en esta parte del poemario en que relata el sufrimiento padecido por la enfermedad de su madre sería la de estoicismo. Incluso en el poema citado “Atroz costumbre” se aborda la entereza ante la desgracia no desde lo meritorio, sino enfrentándola con franqueza a la tentación a escapar, a huir, que debe ser superada. También participan de esta filosofía los poemas “Sin importancia” y “Tejados”, en los que se subraya que lo importante es sobrellevar la situación, aunque para ello sea necesario aferrarse a esperanzas ilusorias.  Tal vez el más elocuente sea “Lo más difícil”, en el que se admira la capacidad de su madre para luchar por la vida hasta el último instante, que será homenajeada como lección de vida en “Si alguna vez me vence el desaliento…”. Porque en el libro no se emplea ninguna de las formas con las que pretendemos consolarnos frente a la muerte. No se habla del merecido descanso, de la mejor vida que espera. Eso no quiere decir que no esté presente alguna imaginería religiosa (como en “Yo sólo sé en este vía crucis”) de la que es imposible desprenderse en la cultura cristiana en la que vivimos, y que, por qué no decirlo, tan vinculada está con el padecimiento.
“El altillo” es uno de los poemas más curiosos; una eficaz sucesión de imágenes inquietantes, ejercicio de feísmo que, en los tiempos de fotografías de felicidad exhibidas en Facebook, viene a recordar que hay otra faceta de la vida a la que no se puede dar la espalda. Ana lo dirá de nuevo en “Yo sólo sé en este vía crucis…”:

yo sólo sé de lo imposible
de los límites que nos amarran
sé también del fracaso
esta sangre en las rodillas
que los demás llaman
                                        realidad
(“Yo sólo sé en este vía crucis…”, pág. 39)

Y, casi a modo de conclusión, en el poema “Vivir”. La conciencia de nuestra levedad puede llegar a ser paralizante, por lo que un poco de la inconsciencia de “los jugadores de apuestas” es necesaria para seguir adelante (la que se evoca en cierta forma para superar el vértigo en el poema “Las preguntas”), sin que esto nos autorice a olvidar que

del dolor
no hay quien nos salve.
(“Vivir”, págs. 58-59).

La muerte de la madre es, desde luego, el tema principal del libro. Sin embargo, existen otros dos temas importantes. El primero es la familia, en cierta forma derivado de lo anterior: es lógico que en esas circunstancias se quiera redescubrir el papel de los allegados de la poeta. Así, en la primera sección del libro encontramos poemas dedicados a su hermano, a su padre y a su sobrino. También; por supuesto, hay lugar para reflexionar sobre el amor en pareja en el poema “El deseo”. En él, el hedonismo de la satisfacción inmediata queda reducido al papel de un “dios menor”; la satisfacción profunda sólo puede obtener su sentido, su carga emocional,

en el trajín de la convivencia:
hilera de piedras encendidas
que todos los días cruzamos.
(“El deseo”, pág. 19).

Idea en la que insiste poco después en “Obras son amores” con la mención al “amanecer protegido por los amantes”; poema que debe ser también interpretado, en su contexto, como un reconocimiento a la familia.
El segundo tema es la relación entre realidad y literatura. Seguramente no es casual que el primer verso del libro sea “Dejo los libros apilados en la mesa” (el primer poema termina, además, resaltando cómo la calidez de su hermano no puede ser igualada “por muchas palabras/que intentemos mirar”). Del mismo modo, en el ya mencionado poema “Obras son amores” se resalta el amor que se pone en las acciones como algo “que no encuentro en los libros”. En varios pasajes Ana Alvea vuelve su mirada a la literatura como algo que la aleja de lo real, que la confunde. Tal vez la expresión más lograda de esta sensación sea en el texto metapoético “La noche”; uno de los más sugestivos del libro. En él, la poeta se refiere a la escritura como algo que la sitúa:

cada vez más lejos ¿de mí?
                                  y de los otros
(“La noche”, pág. 10)

Y no sólo eso:

pero en verdad me arrastra
me sumerge cada vez más.
(“La noche”, pág. 10)

De nuevo, el hecho que enfrenta en la poeta realidad y literatura es la enfermedad de su madre. En un verso del poema “Ahí va” se dice:

su extenuado cuerpo mengua
cada vez más    la poesía francesa
abanica los sinsabores de un verano
(“Ahí va”, pág. 33)

Es clara la intencionalidad al yuxtaponer en un mismo verso la reflexión sobre la desazón real causada por ver el estado de su madre con la irrealidad del mundo literario. Ya en el Capítulo III, titulado “Después de ti”, la autora vuelve a insistir en esta idea de volver a descender sobre lo material desde las alturas de las ideas:

me urgía poner la mano en el fuego
para volver a sentir la vida
vivir en los campanarios y otros lugares silvestres
de literatura y ficción durante años
perdida en su convulso cielo de papel
que me guiaba o me confundía
(“Extraño meteoro”, pág. 55)

Sin embargo, la literatura va a salir siempre triunfante del envite. En el ya citado poema “La noche”, la escritura es capaz de hacer brotar pura la palabra poética y de “revolucionar el día”. Al contacto directo con el tema principal del libro, en el poema “Trincheras”, se concilian ambos mundos: la poesía ha de nacer en lo real, por más doloroso o antiestético que sea. Porque la literatura, aunque impotente para obrar directamente sobre los hechos, es, después del cariño de sus homenajeados seres queridos, el alivio alternativo que Ana Alvea obtiene durante este trance:

Entro en la vorágine de las letras
en esta selva que invade mi mente
como un ejército amigo
que viene a liberarme del dolor
y me distrae con sus historias

                                que son las del mundo
                                y las mías.
(“Tácticas de resistencia”, pág. 47).

 Se trata de un poema que rebosa humanidad. La literatura no es sólo letras: son palabras de otros hombres y mujeres, con los que uno puede identificarse y dialogar; que, más allá del tiempo y el espacio, pueden consolar realmente.
Todo esto no es obstáculo, para que, en el primer capítulo, “Púrpura” haya un acercamiento a la literatura puramente despreocupado en el poema “Obsequio” (pág. 14), en esta ocasión como contraposición al mundo laboral y en relación con otros textos dedicados a las vacaciones. Muy bello, por cierto, entre estos poemas, en los que el mar suele tener un papel protagonista, el poema “Púrpura”, en el que se plasma de forma delicada nuestra pequeñez frente al mar/eternidad:

se extiende púrpura un fondo marino
bajo la bahía de nuestra manos
(“Púrpura, pág. 20)

Como es habitual, en el plano formal Ana Alvea huye de metáforas oscuras o estructuras pretenciosas. El estilo se pliega mansamente a lo que se quiere transmitir, lo que queda ejemplificado en su uso del verso libre, en el que se pretende que sea el propio decurso de la expresión el que dé ritmo al poema. Esto le permite prescindir, como es tendencia actualmente, de comas y signos de puntuación, en beneficio de otros recursos (como el espaciado), aprovechando ambigüedades (ya hemos hablado de los versos truncados “la carencia de/la ausencia de”), dando un mayor efecto a las enumeraciones (como en “Hidrosfera” o el in crescendo del poema “Tejados”) y reforzando los contrastes (como en la pausa de los versos ya citados en que conviven la enfermedad y la literatura francesa).
Así pues, el libro demuestra el saber hacer de Ana Alvea para convertir en materia poética su experiencia personal; para espigar los elementos más valiosos desde el punto de vista estrictamente lírico y darles forma. Con la autenticidad, como siempre, por bandera; pues en el poemario, a pesar de tratar un tema tan sensible, los elementos no se seleccionan presurosamente por su resonancia para elevarlos a un dramatismo huero y predefinido. Por el contrario, Ana analiza la película de lo sucedido al trasluz de su propia reflexión, de una búsqueda de respuestas abierta y personal; aunque sea llamada a declarar hasta la misma literatura. El resultado es que el poemario es claramente diferente a Hallarme yo en el mundo, de la misma forma que la propia autora ya no es la misma que era antes de los sucesos que poetiza en Púrpura de cristal.

Jürgen Washuskein


ANA ISABEL  ALVEA SÁNCHEZ.- Licenciada en Derecho y en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universidad de Granada (2008). Diplomada en Estudios Avanzados (DEA),  Postgrado en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la misma universidad (2011) con el trabajo de investigación: “El texto poético. Concepto, caracteres y métodos de análisis”. Profesora de talleres de poesía y Directora del Club de lectura de poesía de la Casa del Libro en Sevilla. Publicaciones de poesía: “Hallarme yo en el mundo”,  por Ediciones en Huida, 2013. Antóloga, junto a Jorge Díaz Martínez, de La vida por delante. Antología de jóvenes poetas andaluces, en 2012. En 2010 publicó su poemario Interiores,  Ediciones en Huida. Premiada en concurso Myrtos Poesía, fue seleccionada para la antología “Arde en tus mano”. Aparece en diversas antologías y revistas digitales. En 2017 se ha publicado su último poemario, “Púrpura de cristal”.

1 comentarios:

Ana Isabel Alvea Sánchez dijo...

Me alegra encontrar mi último poemario "Púrpura de cristal" entre vosotros, muchas gracias por a cogerlo. Un abrazo