ANA MONTOJO, LA ATRONADORA PASIÓN DE LA VIDA, por Valentín Martín.

lunes, mayo 30, 2016

Ya no necesita un cigarro. Ya otro humo ciega sus ojos. Hay un  silencio de pájaros llamando a su puerta, trae noticias de  Carmen Conde, de  Blas de Otero, del hermano escritor de Leopoldo de Luis, que también fue mortal y rosa. Y de Jaime. Pregunta antes de viajar  a convertirse en palabra si todo está bien y en calma. Y ella responde que la vida ha seguido, mi amor, como si nada. Yo descorro un poquito los visillos y digo que bueno, que ya somos mayores pero que desamo más que antes cada sílaba de septiembre, donde una noche, un 19 para ser más exactos,  la perplejidad se hizo tan grande y de aquella cuchillada no murió del todo una mujer y nació una poeta.
Porque resulta que hay poetas que no juegan a ser poetas en rincones tranquilos de ausencias. Lo son porque quieren disolverse en la saliva de un beso, y como todos, después de morir tratar de vivir por su cuenta. Y saben historias de vendavales de verdad, sin inventarse glaciares. Y saben contar todo eso.
Ana Montojo habla en un libro, en dos, tal vez en todos, de ella misma que somos nosotros extrañándonos de que alguien se vaya sin decir hasta mañana a sus amigos, o echar una carta -como hacen todos los viajeros- en la que diga: vuelvo. Y habla de qué sola se queda la vida cuando cierran todos los bares.
Muy pronto el estío caerá sobre nuestra carne, como un anuncio, como una advertencia de que la sangre no se vende, como un monte verde en el pecho del viento, ese mismo viento que un septiembre se hizo tan malo. Y veremos -ya lo estamos viendo- a Ana Montojo bendecir todas las raíces huérfanas, negarse de nuevo  a la nada, mirar con ojo de poeta a la mujer que le habita mientras se recoge el pelo tal vez en una trenza.
Siempre hay un sitio pequeño o grande para el amor, de cualquier tamaño que se sea, una puerta abierta que si la miras de pie se parece mucho a la esperanza.
Dar un paso, y luego otro paso, y el siguiente, hacer como si caminaras sin que la gente te tire piedras por loca, escribir la soledad y preguntar a la vez dónde están los hombres, las palabras amigas, las posadas, enlazarse a mañana y volar, es salvarse de un fatalismo que en una mujer más pequeña, y en una poeta de mentira que juega, resultaría inevitable.
Pero Ana Montojo es capaz de amar tanto el amor que le pide que espere, o que no se vaya, que quizás es un error de alguien que nos amaba y no supo decirlo. Que todas las historias son la misma historia, que todas las rosas llevan consigo un olor, sólo hace falta saber olerlo.
Saber contar las cosas diarias, desde los insomnios o las punzadas, no caer en el tremendismo de creer que su universo es el único, el más pequeño o el más grande, pero siempre el más importante, es estar ante una poeta que con solo rozarte te hiere de muerte.
Y con esta reflexión tan plebeya venimos a parar en el lenguaje. Aquí no hay simbolismos, el atisbo de cualquier retórica con sólo pensarlo espanta, no se columbra una pizca de vicio o la tentación de quedarse a vivir en las metáforas. El brillo de esa difícil sencillez del habla poética, al  acercarse nos ciega.
Es así como la mujer, la poeta y  el lector concuerdan en ese himno a la vida que desde una médula asesina, inesperada, o la magia de un volcán que puede llegar a ser quizás casi  amigo con el paso del tiempo, deja de ser lamento y pasa a ser canción.
Hay gente que se para en las albercas literarias, otras incendian sus heridas abriéndole la puerta sólo a los pronombres personales, algunas hace de su pañuelo una bandera, incluso llegan a creer que sus valles tan chiquitos son en realidad una montaña.
Ana Montojo hace de los motivos una gallarda vela de Simbad. No abdica de sí misma y de sus posibilidades poéticas, sabe que andar por los versos a veces duele. Y que no vale resistir. Que toca cavar la literatura como si las zarzas jamás existieran, que los fracasos también alimentan, que existe la ternura además de los somníferos, que las espigas son en realidad pan para mañana y hambre para hoy.
Un solo gin tonic es capaz de parecerse a un aroma de campo.
La poesía de Ana Montojo es de una abundancia asombrosamente sobria, cuenta con una natural fluidez que tal vez sea  morosamente trabajada, pero posiblemente es el  fruto de un sol que tuvo que salir de nuevo y adaptarse a otra tierra. No se puede decir que asciende porque desde su nasciturus ya estaba en las azoteas, salva el enorme peligro de vivir una paz pasiva, le gustan las contradicciones y va y viene por ellas como por su casa, no se rememora sino que se expande en lo que ocurre. Y ni siquiera reclama el derecho a ser diferente, porque lo es con ella o pese a ella.
Ana Montojo escribe poesía como quien tuviese que ganarse la vida vertiendo sílabas. Por eso no intenta una sinopsis sino que entabla un coloquio. No está obsesionada con dejarse en los recuerdos, sino abrir en cada poema una curiosidad literaria para compartir, remansar las horas para propiciar las hermosas retahílas que entretejen sus libros.
No hay en toda la obra de Ana Montojo una obsesión sino la necesaria evocación de buscar una identidad que le explique quién es, de dónde viene, adónde va por el asfalto de las tormentas, las astenias, alguna alegría semioculta de vez en cuando, las ganas bajo los párpados.
Después de una brutal e inesperada ingestión de veneno, le empezó a crecer en las manos un camino, varias calles salieron a su encuentro ofreciéndose, y ahora va como corre el agua antes de que naciesen los azudes y las ciudades. Quizás ella sea sus suburbios, aunque lo mejor de sí misma esté dentro, en la rubia melena de la luz que sólo ella sabe y adonde no llegaremos desde sus alrededores, aunque bebamos en copa larga toda la savia que se deja.
El hecho poético es en Ana Montojo conocimiento y comunicación más que en nadie. Y para ello no tiene que recurrir a ninguna sublimación del lenguaje, escribe sus poemas con la sal natural de una estética que es su costumbre. No sabe que al hacerlo destrenza el sol y peina el mar. En eso consiste vivir sin darse cuenta con la pasión de los diluvios. Y escribirlo.
¿De dónde le vienen a Ana Montojo tantos nutrientes para la diversidad tan unigénita de su poesía? Tal vez del cultivo anterior de la narrativa. Escribir una novela es un buen prefacio para luego la lírica, te da una mirada de luz sobre las cosas a la hora de los versos. Es una posibilidad. La otra: su talento que estaba dormido y salió como en las noches salen los gatos en celo y se meten en los montes tras el mismo celo de las gatas.
Ana Montojo habla a veces de la memoria de la edad tardía. Y mientras la escucho me digo ¿Qué dice? ¿Por qué su devoción a Luis Landero? La edad tardía es para los jóvenes de calendario que se acurrucaron en aquellos años e hicieron de ellos un infierno, porque el infierno es lo que queda cuando ya nada queda. A ella le queda por lo menos un diccionario tan lleno de tiempo como el puño de un obrero.

Valentín Martín

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ANA MONTOJO, LA ATRONADORA PASIÓN DE LA VIDA, por Valentín Martín.

lunes, mayo 30, 2016

Ya no necesita un cigarro. Ya otro humo ciega sus ojos. Hay un  silencio de pájaros llamando a su puerta, trae noticias de  Carmen Conde, de  Blas de Otero, del hermano escritor de Leopoldo de Luis, que también fue mortal y rosa. Y de Jaime. Pregunta antes de viajar  a convertirse en palabra si todo está bien y en calma. Y ella responde que la vida ha seguido, mi amor, como si nada. Yo descorro un poquito los visillos y digo que bueno, que ya somos mayores pero que desamo más que antes cada sílaba de septiembre, donde una noche, un 19 para ser más exactos,  la perplejidad se hizo tan grande y de aquella cuchillada no murió del todo una mujer y nació una poeta.
Porque resulta que hay poetas que no juegan a ser poetas en rincones tranquilos de ausencias. Lo son porque quieren disolverse en la saliva de un beso, y como todos, después de morir tratar de vivir por su cuenta. Y saben historias de vendavales de verdad, sin inventarse glaciares. Y saben contar todo eso.
Ana Montojo habla en un libro, en dos, tal vez en todos, de ella misma que somos nosotros extrañándonos de que alguien se vaya sin decir hasta mañana a sus amigos, o echar una carta -como hacen todos los viajeros- en la que diga: vuelvo. Y habla de qué sola se queda la vida cuando cierran todos los bares.
Muy pronto el estío caerá sobre nuestra carne, como un anuncio, como una advertencia de que la sangre no se vende, como un monte verde en el pecho del viento, ese mismo viento que un septiembre se hizo tan malo. Y veremos -ya lo estamos viendo- a Ana Montojo bendecir todas las raíces huérfanas, negarse de nuevo  a la nada, mirar con ojo de poeta a la mujer que le habita mientras se recoge el pelo tal vez en una trenza.
Siempre hay un sitio pequeño o grande para el amor, de cualquier tamaño que se sea, una puerta abierta que si la miras de pie se parece mucho a la esperanza.
Dar un paso, y luego otro paso, y el siguiente, hacer como si caminaras sin que la gente te tire piedras por loca, escribir la soledad y preguntar a la vez dónde están los hombres, las palabras amigas, las posadas, enlazarse a mañana y volar, es salvarse de un fatalismo que en una mujer más pequeña, y en una poeta de mentira que juega, resultaría inevitable.
Pero Ana Montojo es capaz de amar tanto el amor que le pide que espere, o que no se vaya, que quizás es un error de alguien que nos amaba y no supo decirlo. Que todas las historias son la misma historia, que todas las rosas llevan consigo un olor, sólo hace falta saber olerlo.
Saber contar las cosas diarias, desde los insomnios o las punzadas, no caer en el tremendismo de creer que su universo es el único, el más pequeño o el más grande, pero siempre el más importante, es estar ante una poeta que con solo rozarte te hiere de muerte.
Y con esta reflexión tan plebeya venimos a parar en el lenguaje. Aquí no hay simbolismos, el atisbo de cualquier retórica con sólo pensarlo espanta, no se columbra una pizca de vicio o la tentación de quedarse a vivir en las metáforas. El brillo de esa difícil sencillez del habla poética, al  acercarse nos ciega.
Es así como la mujer, la poeta y  el lector concuerdan en ese himno a la vida que desde una médula asesina, inesperada, o la magia de un volcán que puede llegar a ser quizás casi  amigo con el paso del tiempo, deja de ser lamento y pasa a ser canción.
Hay gente que se para en las albercas literarias, otras incendian sus heridas abriéndole la puerta sólo a los pronombres personales, algunas hace de su pañuelo una bandera, incluso llegan a creer que sus valles tan chiquitos son en realidad una montaña.
Ana Montojo hace de los motivos una gallarda vela de Simbad. No abdica de sí misma y de sus posibilidades poéticas, sabe que andar por los versos a veces duele. Y que no vale resistir. Que toca cavar la literatura como si las zarzas jamás existieran, que los fracasos también alimentan, que existe la ternura además de los somníferos, que las espigas son en realidad pan para mañana y hambre para hoy.
Un solo gin tonic es capaz de parecerse a un aroma de campo.
La poesía de Ana Montojo es de una abundancia asombrosamente sobria, cuenta con una natural fluidez que tal vez sea  morosamente trabajada, pero posiblemente es el  fruto de un sol que tuvo que salir de nuevo y adaptarse a otra tierra. No se puede decir que asciende porque desde su nasciturus ya estaba en las azoteas, salva el enorme peligro de vivir una paz pasiva, le gustan las contradicciones y va y viene por ellas como por su casa, no se rememora sino que se expande en lo que ocurre. Y ni siquiera reclama el derecho a ser diferente, porque lo es con ella o pese a ella.
Ana Montojo escribe poesía como quien tuviese que ganarse la vida vertiendo sílabas. Por eso no intenta una sinopsis sino que entabla un coloquio. No está obsesionada con dejarse en los recuerdos, sino abrir en cada poema una curiosidad literaria para compartir, remansar las horas para propiciar las hermosas retahílas que entretejen sus libros.
No hay en toda la obra de Ana Montojo una obsesión sino la necesaria evocación de buscar una identidad que le explique quién es, de dónde viene, adónde va por el asfalto de las tormentas, las astenias, alguna alegría semioculta de vez en cuando, las ganas bajo los párpados.
Después de una brutal e inesperada ingestión de veneno, le empezó a crecer en las manos un camino, varias calles salieron a su encuentro ofreciéndose, y ahora va como corre el agua antes de que naciesen los azudes y las ciudades. Quizás ella sea sus suburbios, aunque lo mejor de sí misma esté dentro, en la rubia melena de la luz que sólo ella sabe y adonde no llegaremos desde sus alrededores, aunque bebamos en copa larga toda la savia que se deja.
El hecho poético es en Ana Montojo conocimiento y comunicación más que en nadie. Y para ello no tiene que recurrir a ninguna sublimación del lenguaje, escribe sus poemas con la sal natural de una estética que es su costumbre. No sabe que al hacerlo destrenza el sol y peina el mar. En eso consiste vivir sin darse cuenta con la pasión de los diluvios. Y escribirlo.
¿De dónde le vienen a Ana Montojo tantos nutrientes para la diversidad tan unigénita de su poesía? Tal vez del cultivo anterior de la narrativa. Escribir una novela es un buen prefacio para luego la lírica, te da una mirada de luz sobre las cosas a la hora de los versos. Es una posibilidad. La otra: su talento que estaba dormido y salió como en las noches salen los gatos en celo y se meten en los montes tras el mismo celo de las gatas.
Ana Montojo habla a veces de la memoria de la edad tardía. Y mientras la escucho me digo ¿Qué dice? ¿Por qué su devoción a Luis Landero? La edad tardía es para los jóvenes de calendario que se acurrucaron en aquellos años e hicieron de ellos un infierno, porque el infierno es lo que queda cuando ya nada queda. A ella le queda por lo menos un diccionario tan lleno de tiempo como el puño de un obrero.

Valentín Martín

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