Homenaje Masmedular a Mario Trejo

En mayo se cumplirá un año
de aquel domingo 13 en el que Mario voló
como solo él sabía hacerlo,
como un pájaro perdido,
esos que vuelven desde el más allá,
a confundirse con un cielo
que nunca más podremos recuperar.
“Vuelven los pájaros nocturnos
que vuelan ciegos sobre el mar
la noche entera es un espejo
que me devuelve tu soledad”.
                       
Mario Trejo, Los Pájaros Perdidos,
                      poema musicalizado por Astor Piazzolla



Por eso, porque lo extrañamos, porque vive
en muchos de nosotros cada minuto,
los invitamos a ver, oír y leer a Mario Trejo en esta
presentación un videopoema de Ian Kuschevatzky,
basado en una grabación de audio producida 
por Lamás Médula en los ´80 y en el documental de Bernardo 
Bertolucci La vía del petróleo (1967); además, en la voz de Trejo, 
La loca del Rubí, Juan L. Ortiz, mordido por la palabra tigre, 
y Visión última del Fénix Félix García, entre otros poemas.


LABIOS LIBRES 

Al cabo de las tierras y los días
de horarios y partidas y llegadas
y aeropuertos comidos por la niebla
enfermo de países y kilómetros
y rápidos hoteles compartidos
Luego de esperas
prisas
y rostros y paisajes diferentes
y seres encandilados por el olvido
o abiertamente besados por la vida
Después de aquella amada
y esa otra apenas entrevista
mujeres cogidas por mi soledad
y ahogadas por las bellas catástrofes
Luego de la violencia y el deseo
de comenzarlo todo nuevamente
y los errores
y los malentendidos cotidianos
y los hábitos torrenciales del trópico
y noches acariciadas por el alcohol
y tabaco fumado con tanta incertidumbre
Al cabo de un nombre que no me atrevo a decir
y de alguien que yo llamaba Irene
de cierta voz
cierta manera de clavar los ojos
al cabo de mi fe en el entendimiento de los hombres
y en el corazón de ciudades y pueblos
que nunca sabrán de mí
Luego de tanta tentativa de huirme o enfrentarme
y comprender que estoy solo
pero no estoy solo
al cabo de amores corroídos
y límites violados
y de la certidumbre de que toda la vida
no es más que los escombros
de otra que debió haber sido
Al cabo del hachazo irreparable del tiempo
sólo puedo blandir estas palabras
esta obstinación de años y distancias
que se llama poesía


LA LOCA DEL RUBÍ

1 
Esa mujer no estaba en sus caníbales 
Amaba con presentimientos feroces 
Regalaba somníferos en prueba de amistad 
No insistir 
No molestarla 
Que la melancolía ya tiene con sus abejas 

2 
¿Dónde están las mujeres de Babilonia 
Con ombligos de 21 rubíes? 
Venus está ahora en la casa de los viajes largos 
Yo resisto aquí, lejos, en otra parte 

3 
Endemientras conspiras con insomnios y miedos 
Con silencios y jaguares 
Eres un blanco fácil en el fondo del desfiladero 
Despertamos al sueño para escuchar su ruido 

4 
La loca del rubí aúlla de rabia o gime de placer 
No es de dolor su alarido 
Sos vos el único que emite espantos 

5 
Apagamos la luz 
para lamer 
nuestra soledad 

JUAN L. ORTIZ, MORDIDO POR LA PALABRA TIGRE 

Entre argentinos, el tema del exilio es tan folklórico como el tango y tan silencioso como el mate. Quién no conoce de memoria el catálogo de los proscriptos, de aquellos que, desde 1810, han elegido o debido (no hay tiempo para polémicas) vivir o morir en otras tierras. 
Pero hay un exilio hacia adentro: el que comienza en la soledad que tiene el atrevimiento a asumirse y que, a veces, el olvido y la indiferencia de los otros perfecciona. 
Vamos al grano, daré nombres: Macedonio Fernández, Benito Lynch, Baldomero Fernández Moreno, Oliverio Girondo, Juan Carlos Paz, Jorge Enrique Ramponi, el chileno Juan Emar, los uruguayos Horacio Quiroga, Felisberto Hernández y Juan Carlos Onetti. A todos ellos les debemos algo; a algunos del debo, además, la amistad para el adolescente desconocedor y desconocido. Hablaré de Juan Ele. 
Así me lo nombraron por primera vez a lo largo de tres jornadas completas sin reposo ni anfetaminas. Otros tiempos, sí. 
Recuerdo un laberinto de caras queridas y perdidas que me peregrinaba sobre el totémico Paraná hacia la Poesía Prometida. Recuerdo que Juan Ele estaba fuera de la ciudad. 
Como en el amor, a partir del segundo recuerdo comienzan los verdaderos. 
Paraná: una caminata a orillas del río. 
Juan Ele tiene un estilo curioso de mostrarme el paisaje, de demostrarme que entre uno y la naturaleza la distancia es menor de la que suponemos. 
Me habla de un sitio preciso; no lo busca, va directamente a él. De pronto se detiene, se agacha, levanta una piedra y una flor azul se despierta y una mariposa verdinegra echa a volar. Me pregunto si no será que el paisaje, el que cuenta, lo llevamos adentro. 
Pero, a partir de ese momento, de una cosa estoy seguro: Juan Ele inventó esa flor y esa mariposa. En ese lugar y en ese momento. Siento un tímido espanto. Lo miro y le agradezco con un silencio. 
Pampa Gringa: un polvoriento viaje de cientos de kilómetros luego de una tarde y una noche entre sus poemas largos y finos como su corbata, su boquilla, sus costumbres. 
Un estilo, en fin. 
Juan Ele me pregunta sobre la vida y la música de Charlie Parker. Juan Ele me escucha tan intensamente que, por un momento, lo juro, fui Charlie Parker. Para disimular mi turbación, me cuenta sus días en China entre hombres que le hablaban de Klee y de Éluard. 
Comienzo a sospechar que Juan Ele, en ese instante, está en todas partes. De una cosa estoy seguro: Juan Ele es eterno. 
Mendoza: un melancólico congreso de escritores. Juan Ele ausculta las intermitencias de mi corazón. Con la delicadeza del humo me toma de la palabra y comenzamos a levitar; luego seguimos remontando hasta llegar a una nube y terminar siendo una nube con forma de pantalones, un paisaje, un lugar turístico. 
Nunca me imaginé que el Aconcagua fuese tan calvo y tan pequeño y tan rubio el pelo de la niña en cuestión y tan grandes sus ojos. 
Buenos Aires: módico viaje en trolebús desde plaza Once hasta la Casa Rosada , que, en rigor de verdad, no era nuestro destino. El mío era Medio Oriente; el de Juan Ele, el Paraná, brazo desarmado de su poesía. Comienzo a pensar seriamente si alguna vez nos hemos conocido. De una cosa estoy seguro: desde ese momento nunca nos separamos. 
Paul Valéry pensaba como un racionalista y sentía como un místico. Juan Ele tiene una cicatriz; una vez lo mordió la palabra tigre. Siempre se le dio por ser más un realista de la mística que un místico del realismo. 
Juan Ele, mucho gusto, me alegra haberlo conocido. 
Ele, Ele, nunca te hemos abandonado.


o por Twitter
@RevLamasMedula


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