Presentación de los poemarios ‘La misteriosa canción de la sangre’, de Cesc Fortuny i Fabré, y ‘Canciones del Bloque’, de Andreu Navarra

jueves, enero 20, 2011

Presentación de los poemarios ‘La misteriosa canción de la sangre’, de Cesc Fortuny i Fabré, y ‘Canciones del Bloque’, de Andreu Navarra


Cesc Fortuny y Andreu Navarra (Foto:Carme Esteve)

La ACEC presentó, el pasado 17 de enero, los poemarios La misteriosa canción de la sangre, de Cesc Fortuny, y Canciones del Bloque, de Andreu Navarra, publicados en un solo volumen por Paralelo Sur. El acto de presentación, en el Aula dels Escriptors del Ateneu Barcelonès, corrió a cargo de Albert Lázaro.
Andreu Navarra ha publicado varios poemarios, entre los cuales hay Suicidio Súbito (2006) y Fiebre y Ciudad (2009), editado en formato de libro objeto con ilustraciones de Isabel Huete. Además, ha escrito ensayos sobre Juan Benet y Ana María Moix, y ha sido coordinador de la antología Domicilio de Nadie. Muestra de una nueva poesía barcelonesa (2008).
Cesc Fortuny, por otro lado, es autor de Comiendo pelos como herejía poética (2008) y ha participado en el libro Domicilio de nadie (2008). Es miembro del fanzine de literatura Cul de Sac, fundador de la revista electrónica La Nausea y del grupo de arte experimental Artillería Pesada, además colaborador de la revista El Tró. También participa y colabora en diversas publicaciones en la red, con críticas de cine, ensayos, relatos y poemas.

Texto extraído de la web de ACEC, http://www.acec-web.org
 
De izquierda a derecha: Cesc Fortuny i Fabré, Albert Lázaro Tinaut, Andreu Navarra Ordoño

Podéis descargar la presentación en formato mp3, tened en cuenta que la calidad del audio no es muy buena, queda pues aquí a modo documental. Tened también en cuenta que los minutos finales de la presentación, están hablados en catalán.

Descargar la presentación aquí.

Texto de Albert Lázaro Tinaut (fotos: Carme Esteve).


CESC FORTUNY I FABRÉ nació en Barcelona en 1971 y es un artista polifacético: interesado por la música experimental, ha trabajado y trabaja con diversas bandas musicales y es diseñador de performances; además, es creador de una obra plástica interesante y original concebida, como todo lo que hace, por el inconsciente, algo que ha conseguido a partir de su interés por el esoterismo y el estudio de las religiones comparadas. De ese trabajo creativo surgen también su poesía y su prosa, que se integran en un esfuerzo por conseguir un arte total.
Su obra literaria, bastante dispersa hasta ahora, tiene quizá su manifestación pública más interesante en un libro escrito a cuatro manos con su compañera, Marian Raméntol: Comiendo pelos como herejía poética.


ANDREU NAVARRA ORDOÑO, nacido en Barcelona en 1981, es doctor en Filología Hispánica y, como ha dicho alguien, “hombre curtido en letras puras” que, además de cultivar el ensayo y la crítica literaria, tiene una vocación inequívoca por la poesía. Ha publicado con anterioridad los poemarios Suicidio súbito y Fiebre y ciudad, y ha sido el antólogo de Domicilio de Nadie. Muestra de una nueva poesía barcelonesa, publicado en Puerto Rico en 2008 y que ha servido para dar a conocer algunas voces poéticas jóvenes tanto a éste como al otro lado del Atlántico.
El hecho de que ambos hayan publicado sus poemarios compartiendo el mismo volumen no responde, como alguien pudiera pensar (y como Andreu sostuvo, imagino que irónicamente, en una entrevista), a razones de economía en tiempos difíciles, con la pretensión de vender un “dos en uno” poético a mejor precio.
Cesc y Andreu, Andreu y Cesc, comparten desde hace años una amistad fraternal (“hermano de armas, no sólo literarias”, dice Andreu de Cesc), hay entre ellos una evidente complicidad, y se compenetran perfectamente hasta el punto de que sus diferencias de carácter, su distinta visión del mundo (aunque quizá no tanto como pudieran aparentar) los convierten, me atrevo a decir, en el yin y el yang, la dualidad de los opuestos que se complementan en el universo filosófico oriental. Digamos que este libro lo confirma.
Me parece curiosa esa complementariedad entre dos personalidades que, en efecto, parecen opuestas. Conociéndolos a ambos desde hace años, y sobre todo tras la lectura de este doble poemario, definiría a Andreu como un hombre “solar”, y a Cesc, como un hombre “lunar”. Más a mi favor cuando sostengo que son opuestos que se complementan en el mejor sentido de la afirmación. Y eso lo podrá comprobar quien lea este libro, sobre todo si lo hace, como se suele recomendar en la lectura poética, más de una vez, más de dos, para penetrar en esa auténtica doble y complementaria esencia.
El poeta aragonés Manuel Martínez Forega, ha dicho que la poesía de Cesc Fortuny (y reproduzco textualmente), “es finalista o, para los que hayan interpretado mejor a Nietzsche, escatológica, que es lo mismo que decir finalista, naturalmente. Bien; no es sólo escatológica. La poesía de Fortuny es intencionadamente epatante, asociada al rapto expresivo, al automatismo, a la alucinación o al sueño, como incumbía a Nerval; es deliberadamente informe, poseída por una abundancia de prosopopeyas que humaniza lo inane y de cosificaciones que objetivan lo animado; es una poesía perifrástica, dilógica, asindética, hirsuta, aliterativa, muros morfológicos todos apropiados para preservarla en su prístina esencialidad”.


Como véis, por adjetivaciones que no quede. No sé si todas son necesarias, aunque muchas me parecen obvias. Después de leer sus poemas, cada cual será muy libre de quitar y poner adjetivos, e incluso tendrá licencia para soltar alguna que otra exclamación.
La poesía de Cesc es, sin duda alguna, una profunda mirada interior desde un universo que le es ajeno. El primer poema de este libro termina con una sentencia definitiva: “No hay medicación para soportar la existencia”; y el segundo, con esta otra: “No hay entierros lo bastante profundos”. Su universo, su mundo, en efecto, está en la víscera del animal humano que es, y él lo describe con un lenguaje crudo que a primera vista sorprende, resulta chocante. Un lenguaje casi siempre en clave, hermético, en el sentido filosófico de la palabra, el que corresponde a las ciencias ocultas y nos aproxima a la alquimia, sobre la que Cesc ha investigado profundamente.
Su poesía tiene mucho de nihilismo, aunque interpretado desde un punto de vista personalísimo, más próximo tal vez al que encontramos en el Eclesiastés que en Nietzsche o Heidegger. Es un nihilismo entendido como desprecio de la realidad (en la cual sin duda no cree: “El infierno es la única realidad de la existencia”, dice el primer verso de uno de sus poemas) y que le lleva a anhelar la enajenación mental  como liberación de la consciencia. De ahí su admiración por Leopoldo María Panero, al que dedica algunos de los versos más significativos (y bellos) del poemario:
Qué bonito es sufrir muchísimo,
uno se olvida siempre de la última parte de la borrachera,
y niños mutantes de cráneos enormes
crecen en los reflejos furtivos que zozobran en las charcas.
La esquizofrenia es dulce como el almizcle o la muerte,
como el horror implícito en el nacimiento.
Lo dicho antes: hasta que no se escriba una exégesis de la literatura de Cesc y salgan a la luz sus símbolos –que son mucho más que metáforas–, el lector no tiene más remedio que imaginar e interpretar. En el oscurantismo de su poesía, esa que me incita a definirlo como “lunar”, hallaremos profanaciones, zombies, pero sobre todo vísceras, fluidos corporales, esqueletos… y niños que ocupan nuestro lugar y nos arrastran hacia el final de esta no-vida. Y a ese oscurantismo creacionista no es ajeno su admirado Baudelaire.
No sé si Cesc querrá revelarnos luego alguna de esas claves o preferirá preservar su hermetismo.


Sobre Andreu, poeta más “humanístico” (pronunciado este adjetivo entre paréntesis), se han dicho muchas cosas, a veces un poco contradictorias. Y él mismo ha seguido el juego de algún que otro entrevistador, creo que con la perversa intención de despistar.
Pese a su aparente vitalidad, su poesía es esencialmente fría, y esa sustancia formada por ideas frías es la que recorre este poemario, que él construye como un bloque (de ahí su título: Canciones del bloque) y que termina con un poema que me parece muy definitorio en este sentido. Se trata de una frialdad recorrida a veces por la ironía, tomada de la realidad y de la literatura política y social, que tanto le interesa, y otras veces salpicada de guiños surrealistas, e incluso existencialistas, si se quiere.
Andreu no recurre, como Cesc, al símbolo hermético: es fiel al monolitismo con el que concibió este conjunto de poemas. Y pese a su “solaridad”, a menudo es pesimista (o tal vez visionariamente realista), y se atreve incluso a dialogar con las sombras de algunos personajes de la historia, política y cultural: Marx, Kant, Cioran… En sus “Palabras a Cioran” encontramos, por ejemplo, estos versos:
tu fantasma es hoy menguante como tú
terminaste hace tanto tiempo con tu vida
y hoy te cenas a tu propio espíritu
clamando por la venganza
que nunca tan poco ha merecido
Andreu dijo en cierta ocasión: “A veces los poemas describen estados de ánimo que no tienen nombre. Creo que eso es bastante mi poesía: palabras irreductibles que se refieren a emociones que no pueden ser nombradas más que con el poema en cuestión”. ¿Es quizá la suya una poesía que “sigue única y estrictamente los dictados de su cerebro”, como ha afirmado? (Eso sería frialdad absoluta.)  ¿Es, como también ha dicho, por carácter y por profesión, un “animal de viejos y muertos? Se  declara admirador de Chéjov, Dostoievski, Balzac y Henry James; le obsesionan el ensayo político español entre 1898 y 1936, y las novelas de Baroja. ¿Se trata de “poses” o esas preferencias literarias son el líquido amniótico en el que se ha ido formado su poesía? Quizá que nos lo diga él, que nos diga también por qué “la poesía convencional se le cae de las manos”, porque, ¿qué es poesía convencional?
Me parece, por otra parte (y eso también se intuye en su poemario) que es un provocador. Por ejemplo, cuando afirma en una entrevista: “Para mí envejecer significa comer cada vez mejor”. ¿Puede un poeta a quien disgustan los poetas altaneros y convencionales permitirse el lujo de mostrarse públicamente como un bon vivant, conjugar lo que escribe con una actitud hedonista?
Albert Lázaro-Tinaut
17 de enero de 2011


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jueves, enero 20, 2011

Presentación de los poemarios ‘La misteriosa canción de la sangre’, de Cesc Fortuny i Fabré, y ‘Canciones del Bloque’, de Andreu Navarra


Cesc Fortuny y Andreu Navarra (Foto:Carme Esteve)

La ACEC presentó, el pasado 17 de enero, los poemarios La misteriosa canción de la sangre, de Cesc Fortuny, y Canciones del Bloque, de Andreu Navarra, publicados en un solo volumen por Paralelo Sur. El acto de presentación, en el Aula dels Escriptors del Ateneu Barcelonès, corrió a cargo de Albert Lázaro.
Andreu Navarra ha publicado varios poemarios, entre los cuales hay Suicidio Súbito (2006) y Fiebre y Ciudad (2009), editado en formato de libro objeto con ilustraciones de Isabel Huete. Además, ha escrito ensayos sobre Juan Benet y Ana María Moix, y ha sido coordinador de la antología Domicilio de Nadie. Muestra de una nueva poesía barcelonesa (2008).
Cesc Fortuny, por otro lado, es autor de Comiendo pelos como herejía poética (2008) y ha participado en el libro Domicilio de nadie (2008). Es miembro del fanzine de literatura Cul de Sac, fundador de la revista electrónica La Nausea y del grupo de arte experimental Artillería Pesada, además colaborador de la revista El Tró. También participa y colabora en diversas publicaciones en la red, con críticas de cine, ensayos, relatos y poemas.

Texto extraído de la web de ACEC, http://www.acec-web.org
 
De izquierda a derecha: Cesc Fortuny i Fabré, Albert Lázaro Tinaut, Andreu Navarra Ordoño

Podéis descargar la presentación en formato mp3, tened en cuenta que la calidad del audio no es muy buena, queda pues aquí a modo documental. Tened también en cuenta que los minutos finales de la presentación, están hablados en catalán.

Descargar la presentación aquí.

Texto de Albert Lázaro Tinaut (fotos: Carme Esteve).


CESC FORTUNY I FABRÉ nació en Barcelona en 1971 y es un artista polifacético: interesado por la música experimental, ha trabajado y trabaja con diversas bandas musicales y es diseñador de performances; además, es creador de una obra plástica interesante y original concebida, como todo lo que hace, por el inconsciente, algo que ha conseguido a partir de su interés por el esoterismo y el estudio de las religiones comparadas. De ese trabajo creativo surgen también su poesía y su prosa, que se integran en un esfuerzo por conseguir un arte total.
Su obra literaria, bastante dispersa hasta ahora, tiene quizá su manifestación pública más interesante en un libro escrito a cuatro manos con su compañera, Marian Raméntol: Comiendo pelos como herejía poética.


ANDREU NAVARRA ORDOÑO, nacido en Barcelona en 1981, es doctor en Filología Hispánica y, como ha dicho alguien, “hombre curtido en letras puras” que, además de cultivar el ensayo y la crítica literaria, tiene una vocación inequívoca por la poesía. Ha publicado con anterioridad los poemarios Suicidio súbito y Fiebre y ciudad, y ha sido el antólogo de Domicilio de Nadie. Muestra de una nueva poesía barcelonesa, publicado en Puerto Rico en 2008 y que ha servido para dar a conocer algunas voces poéticas jóvenes tanto a éste como al otro lado del Atlántico.
El hecho de que ambos hayan publicado sus poemarios compartiendo el mismo volumen no responde, como alguien pudiera pensar (y como Andreu sostuvo, imagino que irónicamente, en una entrevista), a razones de economía en tiempos difíciles, con la pretensión de vender un “dos en uno” poético a mejor precio.
Cesc y Andreu, Andreu y Cesc, comparten desde hace años una amistad fraternal (“hermano de armas, no sólo literarias”, dice Andreu de Cesc), hay entre ellos una evidente complicidad, y se compenetran perfectamente hasta el punto de que sus diferencias de carácter, su distinta visión del mundo (aunque quizá no tanto como pudieran aparentar) los convierten, me atrevo a decir, en el yin y el yang, la dualidad de los opuestos que se complementan en el universo filosófico oriental. Digamos que este libro lo confirma.
Me parece curiosa esa complementariedad entre dos personalidades que, en efecto, parecen opuestas. Conociéndolos a ambos desde hace años, y sobre todo tras la lectura de este doble poemario, definiría a Andreu como un hombre “solar”, y a Cesc, como un hombre “lunar”. Más a mi favor cuando sostengo que son opuestos que se complementan en el mejor sentido de la afirmación. Y eso lo podrá comprobar quien lea este libro, sobre todo si lo hace, como se suele recomendar en la lectura poética, más de una vez, más de dos, para penetrar en esa auténtica doble y complementaria esencia.
El poeta aragonés Manuel Martínez Forega, ha dicho que la poesía de Cesc Fortuny (y reproduzco textualmente), “es finalista o, para los que hayan interpretado mejor a Nietzsche, escatológica, que es lo mismo que decir finalista, naturalmente. Bien; no es sólo escatológica. La poesía de Fortuny es intencionadamente epatante, asociada al rapto expresivo, al automatismo, a la alucinación o al sueño, como incumbía a Nerval; es deliberadamente informe, poseída por una abundancia de prosopopeyas que humaniza lo inane y de cosificaciones que objetivan lo animado; es una poesía perifrástica, dilógica, asindética, hirsuta, aliterativa, muros morfológicos todos apropiados para preservarla en su prístina esencialidad”.


Como véis, por adjetivaciones que no quede. No sé si todas son necesarias, aunque muchas me parecen obvias. Después de leer sus poemas, cada cual será muy libre de quitar y poner adjetivos, e incluso tendrá licencia para soltar alguna que otra exclamación.
La poesía de Cesc es, sin duda alguna, una profunda mirada interior desde un universo que le es ajeno. El primer poema de este libro termina con una sentencia definitiva: “No hay medicación para soportar la existencia”; y el segundo, con esta otra: “No hay entierros lo bastante profundos”. Su universo, su mundo, en efecto, está en la víscera del animal humano que es, y él lo describe con un lenguaje crudo que a primera vista sorprende, resulta chocante. Un lenguaje casi siempre en clave, hermético, en el sentido filosófico de la palabra, el que corresponde a las ciencias ocultas y nos aproxima a la alquimia, sobre la que Cesc ha investigado profundamente.
Su poesía tiene mucho de nihilismo, aunque interpretado desde un punto de vista personalísimo, más próximo tal vez al que encontramos en el Eclesiastés que en Nietzsche o Heidegger. Es un nihilismo entendido como desprecio de la realidad (en la cual sin duda no cree: “El infierno es la única realidad de la existencia”, dice el primer verso de uno de sus poemas) y que le lleva a anhelar la enajenación mental  como liberación de la consciencia. De ahí su admiración por Leopoldo María Panero, al que dedica algunos de los versos más significativos (y bellos) del poemario:
Qué bonito es sufrir muchísimo,
uno se olvida siempre de la última parte de la borrachera,
y niños mutantes de cráneos enormes
crecen en los reflejos furtivos que zozobran en las charcas.
La esquizofrenia es dulce como el almizcle o la muerte,
como el horror implícito en el nacimiento.
Lo dicho antes: hasta que no se escriba una exégesis de la literatura de Cesc y salgan a la luz sus símbolos –que son mucho más que metáforas–, el lector no tiene más remedio que imaginar e interpretar. En el oscurantismo de su poesía, esa que me incita a definirlo como “lunar”, hallaremos profanaciones, zombies, pero sobre todo vísceras, fluidos corporales, esqueletos… y niños que ocupan nuestro lugar y nos arrastran hacia el final de esta no-vida. Y a ese oscurantismo creacionista no es ajeno su admirado Baudelaire.
No sé si Cesc querrá revelarnos luego alguna de esas claves o preferirá preservar su hermetismo.


Sobre Andreu, poeta más “humanístico” (pronunciado este adjetivo entre paréntesis), se han dicho muchas cosas, a veces un poco contradictorias. Y él mismo ha seguido el juego de algún que otro entrevistador, creo que con la perversa intención de despistar.
Pese a su aparente vitalidad, su poesía es esencialmente fría, y esa sustancia formada por ideas frías es la que recorre este poemario, que él construye como un bloque (de ahí su título: Canciones del bloque) y que termina con un poema que me parece muy definitorio en este sentido. Se trata de una frialdad recorrida a veces por la ironía, tomada de la realidad y de la literatura política y social, que tanto le interesa, y otras veces salpicada de guiños surrealistas, e incluso existencialistas, si se quiere.
Andreu no recurre, como Cesc, al símbolo hermético: es fiel al monolitismo con el que concibió este conjunto de poemas. Y pese a su “solaridad”, a menudo es pesimista (o tal vez visionariamente realista), y se atreve incluso a dialogar con las sombras de algunos personajes de la historia, política y cultural: Marx, Kant, Cioran… En sus “Palabras a Cioran” encontramos, por ejemplo, estos versos:
tu fantasma es hoy menguante como tú
terminaste hace tanto tiempo con tu vida
y hoy te cenas a tu propio espíritu
clamando por la venganza
que nunca tan poco ha merecido
Andreu dijo en cierta ocasión: “A veces los poemas describen estados de ánimo que no tienen nombre. Creo que eso es bastante mi poesía: palabras irreductibles que se refieren a emociones que no pueden ser nombradas más que con el poema en cuestión”. ¿Es quizá la suya una poesía que “sigue única y estrictamente los dictados de su cerebro”, como ha afirmado? (Eso sería frialdad absoluta.)  ¿Es, como también ha dicho, por carácter y por profesión, un “animal de viejos y muertos? Se  declara admirador de Chéjov, Dostoievski, Balzac y Henry James; le obsesionan el ensayo político español entre 1898 y 1936, y las novelas de Baroja. ¿Se trata de “poses” o esas preferencias literarias son el líquido amniótico en el que se ha ido formado su poesía? Quizá que nos lo diga él, que nos diga también por qué “la poesía convencional se le cae de las manos”, porque, ¿qué es poesía convencional?
Me parece, por otra parte (y eso también se intuye en su poemario) que es un provocador. Por ejemplo, cuando afirma en una entrevista: “Para mí envejecer significa comer cada vez mejor”. ¿Puede un poeta a quien disgustan los poetas altaneros y convencionales permitirse el lujo de mostrarse públicamente como un bon vivant, conjugar lo que escribe con una actitud hedonista?
Albert Lázaro-Tinaut
17 de enero de 2011


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